jueves, 11 de enero de 2018

Evangelio del Día - 11/01/2018

Si prefieres escuchar este mismo Evangelio, haz clic en el siguiente enlace y enciende parlantes:


Día litúrgico: Jueves I del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 1,40-45): En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio».

Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes.

«‘Si quieres, puedes limpiarme’ (...). ‘Quiero; queda limpio’»

Rev. D. Xavier PAGÉS i Castañer
(Barcelona, España)

Hoy, en la primera lectura, leemos: «¡Ojalá oyereis la voz del Señor: ‘No queráis endurecer vuestros corazones’!» (Heb 3,7-8). Y lo repetimos insistentemente en la respuesta al Salmo 94. En esta breve cita, se contienen dos cosas: un anhelo y una advertencia. Ambas conviene no olvidarlas nunca.

Durante nuestro tiempo diario de oración deseamos y pedimos oír la voz del Señor. Pero, quizá, con demasiada frecuencia nos preocupamos de llenar ese tiempo con palabras que nosotros queremos decirle, y no dejamos tiempo para escuchar lo que el Buen Dios nos quiere comunicar. Velemos, por tanto, para tener cuidado del silencio interior que —evitando las distracciones y centrando nuestra atención— nos abre un espacio para acoger los afectos, inspiraciones... que el Señor, ciertamente, quiere suscitar en nuestros corazones.

Un riesgo, que no podemos olvidar, es el peligro de que nuestro corazón —con el paso del tiempo— se nos vaya endureciendo. A veces, los golpes de la vida nos pueden ir convirtiendo, incluso sin darnos cuenta de ello, en una persona más desconfiada, insensible, pesimista, desesperanzada... Hay que pedir al Señor que nos haga conscientes de este posible deterioro interior. La oración es ocasión para echar una mirada serena a nuestra vida y a todas las circunstancias que la rodean. Hemos de leer los diversos acontecimientos a la luz del Evangelio, para descubrir en cuáles aspectos necesitamos una auténtica conversión.

¡Ojalá que nuestra conversión la pidamos con la misma fe y confianza con que el leproso se presentó ante Jesús!: «Puesto de rodillas, le dice: ‘Si quieres, puedes limpiarme’» (Mc 1,40). Él es el único que puede hacer posible aquello que por nosotros mismos resultaría imposible. Dejemos que Dios actúe con su gracia en nosotros para que nuestro corazón sea purificado y, dócil a su acción, llegue a ser cada día más un corazón a imagen y semejanza del corazón de Jesús. Él, con confianza, nos dice: «Quiero; queda limpio» (Mc 1,41).

REFLEXIONES DEL PADRE NATALIO:

Pan… con manteca

Buenos días, amigo/a.

La oración humilde y confiada conmueve el corazón de Dios. A nosotros también nos enternecen los niños cuando con encantadora espontaneidad nos piden que les ayudemos a hacer un dibujo, a atarles los cordones de los zapatitos, etc., y no podemos negarnos. Su humilde confianza nos impulsa a prestarles cualquier servicio. Esto sucedió a la niñita Romina.

En un jardín de infantes de un Colegio de Hermanas había una niña, por nombre Romina, muy buena, pero también muy pobre. Un día advirtieron las compañeritas que al rezar el padrenuestro, decía: “Danos hoy nuestro pan de cada día… con manteca”, y se echaron a reír, y fueron a contarlo a la Hermana. Manifestó entonces la niña que, como su madre había quedado viuda con seis hijos, se había visto obligada a suprimir la manteca. Mas la pobre niña no se resignaba a ello; y por eso, al rezar el padrenuestro pedía el pan… con manteca. La religiosa le dijo que podía continuar pidiéndolo al Niño Jesús, pero que no lo hiciera en voz alta, para que no se riesen las demás. Dios oyó la oración de Romina, porque una de las otras niñas contó en su casa lo ocurrido en el colegio y, al saberlo la mamá, procuró enterarse del nombre y dirección de la madre de Romina, y mandó a su empleada doméstica que cada día dejara un paquete de manteca en esa casa. Cuando lo vio, Romina le dijo muy contenta a su madre:

Mamá; ya tenemos aquí la manteca que le he pedido al Niño Dios...

“Si no vuelven ustedes a ser como niños, no entrarán en el Reino de los cielos”, dijo Jesús. Los niños son puros, inocentes, sencillos, sinceros, humildes, confiados. Pidamos al Señor con insistencia que estas cualidades que caracterizan a los pequeños, vayan configurando nuestro corazón para poder ver ese divino rostro que sólo se revelará a los puros de corazón. P. Natalio.

Santoral del Día:  SANTO TOMAS DE CORI


Si quieres conocer mas sobre la vida de este Santo, haz clic en el siguiente enlace:


No hay comentarios:

Publicar un comentario