miércoles, 10 de julio de 2019

Evangelio del Día - 10/07/2019

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Día litúrgico: Miércoles XIV del tiempo ordinario

Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Mt 10,1-7): En aquel tiempo, llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».

«Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca»

Rev. D. Fernando PERALES i Madueño
(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio nos muestra a Jesús enviando a sus discípulos en misión: «A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones» (Mt 10,5). Los doce discípulos forman el “Colegio Apostólico”, es decir “misionero”; la Iglesia, en su peregrinación terrena, es una comunidad misionera, pues tiene su origen en el cumplimiento de la misión del Hijo y del Espíritu Santo según los designios de Dios Padre. Lo mismo que Pedro y los demás Apóstoles constituyen un solo Colegio Apostólico por institución del Señor, así el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, forman un todo sobre el que recae el deber de anunciar el Evangelio por toda la tierra.

Entre los discípulos enviados en misión encontramos a aquellos a los que Cristo les ha conferido un lugar destacado y una mayor responsabilidad, como Pedro; y a otros como Tadeo, del que casi no tenemos noticias; ahora bien, los evangelios nos comunican la Buena Nueva, no están hechos para satisfacer la curiosidad. Nosotros, por nuestra parte, debemos orar por todos los obispos, por los célebres y por los no tan famosos, y vivir en comunión con ellos: «Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre, y al colegio de los ancianos como a los Apóstoles» (San Ignacio de Antioquía). Jesús no buscó personas instruidas, sino simplemente disponibles, capaces de seguirle hasta el final. Esto me enseña que yo, como cristiano, también debo sentirme responsable de una parte de la obra de la salvación de Jesús. ¿Alejo el mal?, ¿ayudo a mis hermanos?

Como la obra está en sus inicios, Jesús se apresura a dar una consigna de limitación: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 10,5-6). Hoy hay que hacer lo que se pueda, con la certeza de que Dios llamará a todos los paganos y samaritanos en otra fase del trabajo misionero.

REFLEXIONES DEL PADRE NATALIO:

El dolor y el placer
Buenos días, amigo/a

Cuando se recuperaba de una operación en la pierna, destrozada por una bala de cañón, San Ignacio tuvo una experiencia que lo marcó en la vida. Advirtió que el placer que le producía leer vidas de santos era bien distinto del experimentado después de disfrutar una novela de caballería. Era un placer espiritual, muy delicado, que le dejaba una alegría pura y duradera.

El dolor y el placer sirven para apreciar la diferencia entre la vida material y la espiritual. Comes una golosina que te gusta mucho. Es un placer material. A los po­cos minutos se acaba el goce. Tienes una moneda. Encuentras a un niño muy necesitado que sufre hambre. Le das tu moneda. Todo ese día recor­darás tu buena acción. Un año después, veinte años después, recordarás que un  día te privaste de tu monedita para que un niño comprara pan. Este placer es espiritual; es puro y duradero. Si al cerrar una puerta te aprietas un dedo experimentarás dolor. Pero pasa este dolor y al día siguiente ya no lo re­cuerdas. Era un dolor material. Le das un gran disgusto a tu madre, robas algo, cometes una injusticia con un compañero. La conciencia te dice que has procedido mal. Te duele haber pro­cedido así. Este dolor dura mucho. Este dolor es espiritual.

Dios, dice San Agustín, mezcla las amarguras con las alegrías de la tierra, a fin de llevar al hombre a aquella felicidad y alegría, cuya dulzura nunca engaña y que sólo se encuentra en Dios. El mundo se regocija en la nada: sus alegrías están vacías, no tienen sabor ni duración. Son una gota de miel que se convierte en un mar de hiel. Ojalá captes la diferencia. P. Natalio.

Santoral del Día:  SAN CRISTOBAL


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